En la agenda de cualquier líder hay indicadores, decisiones, reuniones y resultados. Pero hay un factor silencioso que no aparece en ningún tablero de control y que, sin embargo, impacta directamente en la estrategia, el clima laboral y el crecimiento del negocio: la duda interna.
No es falta de capacidad ni de experiencia. Es esa voz que cuestiona cada decisión, minimiza los logros y convierte los errores en sentencias personales. A esto se le conoce como síndrome del impostor, y no discrimina cargos, industrias ni años de trayectoria.
Lo paradójico es que aparece con más fuerza en personas competentes, comprometidas y con alto sentido de responsabilidad. Líderes que han llegado lejos, pero que internamente sienten que en cualquier momento alguien descubrirá que “no están a la altura”.
El síndrome del impostor no solo afecta a la persona. Afecta la toma de decisiones, frena la innovación, reduce la participación estratégica y debilita la confianza del equipo. Un líder que duda constantemente transmite inseguridad, incluso sin decir una palabra.
En entornos empresariales que exigen velocidad, claridad y visión, esta carga emocional se convierte en un freno silencioso al crecimiento.
El síndrome del impostor no se elimina, se gestiona. La diferencia entre un líder que avanza y uno que se estanca no está en la ausencia de miedo, sino en la capacidad de actuar a pesar de él.
Si esta sensación te resulta familiar, no es una señal de debilidad. Muchas veces es evidencia de crecimiento y nuevos retos. La clave está en no dejar que esa voz interna dirija la estrategia del negocio.
Porque el verdadero riesgo no es no saberlo todo, sino no atreverte a liderar desde lo que ya sabes.