Nadie en una empresa se levanta diciendo: “Hoy quiero hacer algo aburrido”. Sin embargo, gran parte del marketing empresarial termina siendo exactamente eso: correcto, formal, bien diseñado… y absolutamente olvidable.
No es falta de talento. No es falta de presupuesto. Tampoco es falta de esfuerzo.
Es algo más estructural. Más silencioso. Más peligroso.
El problema no es la creatividad. Es el miedo a usarla.
Y en el entorno empresarial actual, donde todos compiten por atención, ser correcto ya no es suficiente. Ser invisible sale más caro que equivocarse.
Muchas campañas no se diseñan para conectar con el cliente, sino para sobrevivir a reuniones internas.
Cuando el objetivo principal es que nadie se incomode, la vara baja. Las ideas ya no necesitan ser memorables, solo deben ser aceptables. Y lo aceptable rara vez genera impacto.
El resultado: piezas que no molestan a nadie… pero tampoco entusiasman a nadie.
En entornos corporativos, el error se penaliza más que la mediocridad.
Proponer algo distinto implica defenderlo. Implica exposición. Implica riesgo personal. En cambio, seguir la fórmula tradicional es cómodo: nadie cuestiona lo que siempre se ha hecho.
Pero aquí está la paradoja: lo seguro protege carreras internas, pero debilita marcas externas.
Calendarios llenos. Publicaciones constantes. Campañas activas. Informes mensuales impecables.
Todo parece productivo.
Sin embargo, lanzar contenido sin una propuesta clara no es avanzar. Es solo mantenerse ocupado. Y estar ocupado no es lo mismo que ser relevante.
La cantidad nunca reemplaza a la diferenciación.
En muchos procesos empresariales, primero se define todo: el mensaje, la estructura, los límites, las restricciones… y al final alguien dice: “Ahora háganlo creativo”.
Pero cuando las decisiones estratégicas ya están cerradas, la creatividad solo puede decorar. Cambia colores, acomoda palabras, mejora el diseño… pero no transforma el mensaje.
La creatividad no es maquillaje. Es dirección estratégica.
Muchas marcas empresariales intentan sonar formales eliminando cualquier rasgo humano.
Evitan historias. Evitan la cercanía. Evitan la emoción.
Pero sus clientes —gerentes, emprendedores, directores— también son personas. Consumen contenido atractivo en otros ámbitos. Se ríen. Se inspiran. Se identifican.
Pretender que en el entorno empresarial todo debe ser plano y rígido es una desconexión estratégica.
Ser profesional no significa ser frío. Significa ser claro, relevante y auténtico.
Aquí está la realidad sin rodeos:
La creatividad puede incomodar internamente. La invisibilidad castiga externamente.
En un mercado saturado, no destacar equivale a desaparecer. Y desaparecer es mucho más costoso que experimentar con inteligencia.
Las marcas que lideran no son las más prudentes. Son las que entienden que diferenciarse no es un lujo creativo, es una necesidad competitiva.
El marketing empresarial no necesita más contenido. Necesita más valentía estratégica.
No se trata de ser polémicos sin criterio. Se trata de dejar de diseñar mensajes únicamente para obtener aprobación interna y empezar a diseñarlos para generar impacto real en el mercado.
Porque al final, la decisión no es entre arriesgar o no arriesgar. La decisión es entre destacar o diluirse. Y en el entorno actual, diluirse es el error más caro de todos.